Libre albedrío es lo que poseemos, accionar sin riendas que nos vuelve poseedores de merecidas desgracias y fortunas. Accionar diario, timón de nuestra vida y nuestro destino.

También llamado “karma” en el Oriente, el fruto de nuestro accionar diario, paulatino, es quien nos pone nuestro nuevo sendero a transitar delante de nuestros pies. Al ser poseedores de un libre albedrío condicionado por nuestros rasgos y capacidades mentales, somos también merecedores de un resultado, un fruto, un rigor, una bendición o maldición. Al referirnos a resultados, sabemos que debe haber una causa, una acción que lo provoque, una palabra, un pensamiento, un accionar que traiga ese fruto positivo o negativo a nuestra vida. Si hablamos del Mesías, podemos referirnos bíblicamente al Salvador, a Jesucristo, quien vino a la tierra para morir en la cruz por todos nuestros pecados, por todos nosotros:

 

[] que Cristo murió por nuestros pecados,

según las Escrituras[].”

                                                            1° Corintios 15:3

 

Entonces podemos ser capaces de entender que si nuestras acciones traen un resultado, y éste puede ser bueno o no, tomado como “bendición” o “maldición”, sin duda nosotros mismos podemos ser nuestro propio Mesías, nuestro propio Salvador; ser nosotros mismos quien nos libere de nuestros pecados sin provocarlos.

¿Cómo? Controlando (desde el punto de vista teológico) consciente e inconscientemente nuestro pensar, nuestro hablar, nuestro accionar. Si poseemos el libre albedrío podemos decidir en hacer el bien o el mal.

Tenemos en nuestras manos el poder de salvarnos, tenemos la clave, sólo falta la práctica y la constancia y poder ser así, nuestro propio Salvador en la tierra a pesar de sonar hasta egocéntrico.

Se puede ignorar, o tomar y ejercer.

Los resultados hablan, las áreas de la vida de cada uno sacan a la luz todo. El estado de salud, la economía, las relaciones amorosas, familiares, los negocios…simples y directos resultados, demostraciones que nos marcan el “estado de salvación” de cada persona; que nos dice a la vez, la “edad” de crecimiento que tiene el Salvador dentro nuestro.

 

Alan Rode

Capellanes de la Buena Voluntad